Los siete preludios para piano de salvador contreras

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Décimo Séptima Edición Diciembre 2017
Actualizado: Wednesday, December 20, 2017 - 07:06
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ARTÍCULO

Autor: Mtro. Francisco Javier García Ledesma

Universidad de Guanajuato

Departamento de Música

Cel. 473 120 03 12

pacochelo22@gmail.com

 

Resumen

El presente artículo realiza un acercamiento a una parte de la obra pianística de Salvador Contreras, concretamente los Siete preludios para piano (1971), y al mismo tiempo el redescubrimiento de quien en sus inicios fue considerado una sólida promesa del arte musical mexicano. De esta forma se contribuye a un mayor conocimiento de su producción musical, a nuevas interpretaciones musicológicas sobre la evolución de su estilo y su lenguaje compositivo, así como sus aportaciones estéticas. Al observar estas obras de Contreras, que en la actualidad son poco conocidas, no obstante, podemos afirmar se trata de un corpus situado entre las mejores y más hermosas composiciones de este autor guanajuatense del siglo XX. Se apreciarán rasgos de la escuela mexicana de composición, así como su gran valor artístico. Por último, se considera que este género de música, particularmente la creada por nuestros compositores nacionalistas, por sus aportaciones se debe integrar al repertorio pianístico de la música de México.

Palabras clave: Salvador Contreras. Preludios. Piano. Música. Mexicana. Compositores Nacionalistas.

 

Introducción

En el contexto del arte musical y el desarrollo humano en el México de hoy es sumamente importante la vinculación entre el conocimiento de los protagonistas constructores imprescindibles de nuestra cultura, su vida, obra, contexto histórico, aportaciones estéticas y contribución social, y nuestro presente y futuro inmediato. Las nuevas generaciones al conocer y valorar el trabajo de nuestros artístas pretéritos obtienen puntos de referencia que los ubican en la dimensión de discernir lo que tenemos y lo que nos falta por construir y transformar.

Este ensayo tiene por objeto reflexionar acerca de la vida, obra y evolución del estilo compositivo que fue desarrollando Salvador Contreras, desde la época en que se desenvuelve el llamado nacionalismo musical (1910-1958), al lado de figuras importantes de la composición en México como Carlos Chávez, Silvestre Revueltas, Candelario Huízar y los integrantes del llamado Grupo de los Cuatro —la denominación de Grupo de los Cuatro, Tello (1987) se debió  a que en la reseña del concierto que ofrecieron Blas Galindo, José Pablo Moncayo, Daniel Ayala y Salvador Contreras el 25 de noviembre de 1935 en el Teatro Orientación de la Secretaría de Educación Pública, el crítico del periódico El Universal, José Barros Sierra, se refería a ellos como el grupo de los cuatro jóvenes compositores, ellos vieron con simpatía el apelativo y lo adoptaron en sus conciertos subsecuentes-, hasta el lenguaje que presentan los Siete preludios (1971), y tratará de establecer una valoración de su aporte al repertorio musical en México. Sin la intención de hacer un análisis musical exhaustivo de cada preludio, se realiza un acercamiento somero para observar y descubrir los rasgos más importamntes y significativos de los mismos.

Salvador Contreras: semblanza biográfica

Salvador Contreras Sánchez (Cuerámaro, Guanajuato 10 de noviembre de 1910 – Ciudad de México, Distrito Federal 7 de noviembre de 1982), es una figura primordial del nacionalismo musical posrevolucionario de México cuya obra musical es extensa y de calidad, lo que le sitúa en el lugar de los más ilustres creadores musicales del siglo XX mexicano. En su catálogo encontramos noventa y seis composiciones, desde breves piezas con enormes posibilidades expresivas, hasta partituras orquestales de gran formato, incluyendo sus bellos Siete preludios para piano, obras de gran colorido que incorporan elementos del cromatismo, impresionismo y expresionismo, por lo que consideramos que su música debiera ser hoy objeto de un mayor reconocimiento, pues contribuye a ilustrar el panorama musical de México en el periodo que va de los años treinta a la segunda mitad del siglo XX. Además, ahora que han transcurrido ciento siete años del nacimiento del compositor, debemos considerar que es tiempo de que su vida y su obra sean objeto de una mayor divulgación reconociendo los méritos de una persona sencilla y honesta que a través de sus composiciones supo enaltecer y engrandecer a su país, contribuyendo al enriquecimiento de su música.

Estudió composición con Carlos Chávez en el Conservatorio Nacional de Música de la ciudad de México, violín y dirección de orquesta con Silvestre Revueltas, con quien tuvo una estrecha relación de amistad, armonía con Candelario Huízar y fue miembro del Cuarteto Contreras que formó con su tío el afamado violinista Francisco Contreras en el año de 1965, con quien inició sus primeras lecciones de violín.

No obstante, en la actualidad son poco conocidos aspectos fundamentales de la vida y obra de Salvador Contreras como su relación e intervención en la formación del llamado Grupo de los Cuatro. Por ejemplo, Contreras fue precisamente quien tuvo la motivación y la iniciativa de reunir al grupo, invitando primero a Blas Galindo, que se encontraba relativamente separado del ambiente musical de la Ciudad de México, pues se había ido a enseñar música al estado de Hidalgo. Posteriormente, habló con Daniel Ayala y, por último, convocó a José Pablo Moncayo. Este grupo se llamaría poco después el Grupo de los Cuatro como lo afirma Aurelio Tello (1987):

[...]Después de la salida de Carlos Chávez del Conservatorio, la clase de creación musical desapareció y los cuatro componentes de ella sólo pudieron reunirse con su maestro en forma privada. Sin embargo, quedó en ellos prendida la inquietud por seguir estudiando, trabajando y poder cristalizar sus proyectos personales en el terreno creativo. La idea de seguir trabajando juntos en forma organizada y presentar sus obras al público le correspondió precisamente a Salvador Contreras, quien comunicó este planteamiento a sus compañeros (p. 45).

La primera infancia de Salvador Contreras ocurrió en un ambiente lleno de recursos y comodidades, podemos afirmar que los primeros cuatro años de vida transcurrieron para él como transcurre la existencia de un chico con el porvenir asegurado: alimentación abundante y nutritiva, ropa de la mejor calidad, casa grande puesta con todos los servicios para llevar una vida despreocupada y todos los cuidados propios de un infante de clase alta. Pero, sobre todo, alejado de la cruel confrontación civil que tantos ciudadanos, pobres o ricos padecieron: La Revolución Mexicana. Así lo relata el propio Contreras (2000) en sus Memorias:

Niño afortunado primero: por ser el mayor de tres hermanos que éramos entonces: Eduardo, Alfonso y yo; (llegamos a ser 11). Segundo, por el desahogo económico, que gracias a la vida de bonanza de que gozábamos entonces en la Hacienda, no supe lo [que] era el hambre que invadió a los habitantes de la Capital; y tercero, ignorante de los sucesos de la revuelta del País, vivía una etapa feliz, con servidumbre y Nana para cada uno de los tres hermanos (p. 3).

Era la época del inicio de la Revolución Mexicana y el país entraba en un periodo de inestabilidad política lo que traería problemas en lo económico, pero sobre todo en lo social. Diez días después del nacimiento de Salvador Contreras, a las 18:00 horas del 20 de noviembre de 1910, Francisco I. Madero, el apóstol de la democracia, como después se le llamó por sus ideales anti reeleccionistas, hacía el llamado del Plan de San Luis a levantarse en armas en protesta por la violación de la voluntad ciudadana en las elecciones presidenciales. El país iba a la guerra: paulatinamente pueblos y ciudades del interior de la república eran atacados y sucumbían a los rebeldes, muchos de ellos eran trabajadores del campo, de los bosques y de las minas.

Fue en el periodo de revuelta revolucionaria que don José Contreras, padre de Salvador, decidió vender la hacienda que poseía en Tezontlalpa (hoy conocida como Tezontlalpan de Zapata, municipio de Hueypoxtla, Estado de México) quizá para alejar a su familia del peligro que corrían estando en provincia. Don José recibió buena cantidad de dinero con lo que se proponía establecerse en la ciudad de México para asegurar un futuro venturoso a su familia; pero la situación de desgobierno que causó el movimiento armado, permitía que cada jefe revolucionario estableciera su propio papel moneda de curso legal, por lo que el dinero que entonces recibió don José por la venta de la hacienda se devaluó a los pocos días, quedando la familia Contreras en la total pobreza.

De los once hijos de don José Contreras, Salvador fue el único que se dedicó profesionalmente a la música, realizando una brillante carrera: primero como ejecutante del violín, después como compositor, más tarde, director de orquesta y profesor de música. Salvador Contreras fue un creador musical durante toda su vida; la cual estuvo consagrada decididamente a la música. Podemos afirmar que Contreras es el modelo de ciudadano dedicado absolutamente a la música, lo cual se traduce en una vasta producción de obra artística y en una existencia dedicada íntegramente al servicio de la enseñanza musical.

A su ingreso en el Conservatorio Nacional de Música en 1930, Salvador Contreras intensificó su búsqueda de un profundo conocimiento del arte de los sonidos. Tuvo la suerte de ser elegido como miembro de la cátedra de Creación Musical que instauró Carlos Chávez en 1931, como consecuencia de su dedicación al estudio del violín y por el gran interés y responsabilidad con que afrontaba su educación musical.

Esta asignatura rindió frutos. La primera generación de alumnos de composición guiados por Chávez presentó el resultado de su trabajo en un concierto organizado por los propios estudiantes. En 1933, en el teatro Hidalgo, se presentaron en concierto las obras realizadas en la clase de Creación Musical. De Salvador Contreras se interpretó Sonata para violín y violoncello. Sobre este acontecimiento Salvador relata en sus Memorias lo siguiente:

[...] En el Conservatorio, las cosas se presentaban de manera diferente. Ahí gozaba yo de ser una promesa en la música y era muy estimado y distinguido. Había escrito mi primera obra y se anunciaba en estreno. En todos los diarios de la capital aparecían mi retrato y crónicas muy elogiosas, anunciando la fecha del concierto y el estreno de mi obra Sonata para violín y violoncello. Oí mi obra, la primera de mi producción y fue bien acogida por el público. Felicitaciones, abrazos, autógrafos y, sobre todo, elogios muy encomiosos relativos a mi juventud. Mis hermanos asistieron al concierto y el retorno a casa lo hicimos a pie comentando el éxito (Contreras, 2000, pp 68-69).

No obstante, en el Catálogo de Obras de Salvador Contreras, realizado por Aurelio Tello, observamos que antes de esta obra aparecen otras composiciones escritas desde 1931; como las piezas: Oriental y Pequeño preludio ambas para piano, estrenadas el 23 de agosto dentro de los conciertos que organizaba la Sociedad Musical Renovación (sociedad fundada a iniciativa del profesor del Conservatorio Gerónimo Baqueiro Foster en 1931 con el fin de impulsar a los compositores jóvenes que anhelaran marchar hacia el nacionalismo musical). Asimismo, Sonatina para violín y piano; De noche para piano; Quinteto para voz, clarinete, dos violines y violoncello. Además, de 1932 aparece catalogada una sola composición: Melodía para canto y piano con texto de Daniel Castañeda.

Quizá el hecho de no reconocer estas obras como de su producción se debió a que las realizó en su época de estudiante, anteriores a las clases de Creación Musical de Carlos Chávez y pudo haberlas considerado como simples ejercicios, piezas incipientes escritas con un sentido didáctico y no como piezas de catálogo. Cabe señalar que las partituras no se han conservado.

Salvador Contreras participó en diversos concursos consiguiendo galardones u obteniendo menciones honoríficas. Sin embargo, un suceso de gran relevancia lo constituye el premio que obtuvo en el concurso de 1947 convocado por la Orquesta Sinfónica de México (OSM) con su obra Suite en tres movimientos. El jurado estuvo conformado por Manuel M. Ponce, Luis Sandi y Juan D. Tercero. Fue proclamada vencedora por unanimidad la composición de Salvador Contreras y estrenada en la temporada de la OSM de los días 5 y 7 de septiembre de ese año bajo la dirección de José Pablo Moncayo. Además, le fue concedido al propio Salvador Contreras el honor de dirigir posteriormente su obra premiada.

Una vez que obtuvo su jubilación, Salvador Contreras se dedicó por completo a la composición empleando el mayor tiempo posible en la revisión de sus obras y depuración de su estilo compositivo. Sin embargo, aun encontrándose ya retirado de la docencia, en marzo de 1965 fue designado responsable de la parte técnica y profesor de la recién creada Escuela de Música del Sindicato Único de Trabajadores de la Música que tenía sede en la ciudad de Cuernavaca, en el estado de Morelos. Además, se dedicó también a dictar conferencias y pláticas de estética musical invitado por la Sección de Música Escolar de Bellas Artes, el Instituto Nacional Indigenista, la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística y la Sociedad Civil Arte y Música.

Todavía en 1967, Contreras volvió a participar en lo que sería su último concurso de composición que había sido convocado por la Secretaría de Educación Pública con motivo del primer centenario del triunfo de la República. Salvador Contreras participó con el seudónimo “Cóndor” con su Cantata a Juárez. El premio se lo otorgaron a Contreras, lo que constituyó uno de los mayores logros en su trayectoria artística, pues confirmaba la importancia que había adquirido en el medio musical de la República mexicana.

El premio consistió en el estreno de la obra y la suma de treinta mil pesos y que serían entregados de manos del Presidente de la República. Al acto asistió todo el gabinete del Presidente Gustavo Díaz Ordaz, así como miembros del cuerpo diplomático acreditado en nuestro país y demás funcionarios del gobierno mexicano. El programa se había anunciado profusamente en la prensa nacional y constituía todo un acontecimiento cultural. El último cargo que desempeño Salvador Contreras de manera oficial fue el de Supervisor General de los programas y trabajos profesionales de las Escuelas de Iniciación Artística del INBA, institución que le brindó albergue durante tantos años.

En 1976, Salvador Contreras se encontraba impartiendo clases de armonía en la Escuela del Sindicato de Músicos. En 1978, pudo ver en vida lo que sería la primera publicación de una de sus partituras. Se trata de la edición que realizó la empresa de origen japonés Zen-on Music de la obra Tres movimientos para guitarra, composición que data del año 1963.

Salvador Contreras, el compositor discreto y laborioso que a lo largo de su vida fue construyendo uno de los lenguajes nacionalistas más auténticos y fue considerado por más de un crítico informado como una de las más sólidas promesas del arte musical mexicano, recibió en vida pocos homenajes. Sin embargo, fue objeto de uno muy sentido: el reconocimiento que le otorgó el Sindicato Único de Trabajadores de la Música, quizá la primera institución a la que Contreras se acercó en sus primero años de vida laboral, cuando trabajaba abrumado por la fatalidad económica en las carpas de variedades y comedias para ganar el sustento cotidiano.

Fue esta institución de gran tradición en el ámbito de los músicos mexicanos la que reconoció el gran baluarte que significaba la persona de Salvador Contreras, entregándole la distinción Lira de Oro como un homenaje a los méritos artísticos y pedagógicos de uno de sus más queridos agremiados. Este reconocimiento se le entregó a Salvador Contreras el 23 de noviembre de 1980 y sería el último premio que recibió en vida, ya que falleció antes de su 72º aniversario, el 7 de noviembre de 1982.

La muerte sorprendió a Contreras, quien padecía una penosa enfermedad, cuando se hallaba enfrascado en la composición de su Cuarta Sinfonía y de su cantata Homenaje a Diego Rivera para orquesta y narrador con textos de su hermano el escritor Guillermo Contreras.

Las obras para piano de Salvador Contreras

En el catálogo general de la obra musical del maestro Salvador Contreras hemos encontrado un total de noventa y seis composiciones, entre música instrumental, música vocal y música para la escena, de las cuales se puede apreciar que el mayor número de composiciones corresponden a las destinadas a la orquesta de gran formato. De esta suerte, se han registrado un total de 24 obras para orquesta sinfónica, seguido de obras para piano solo, las cuales dan un total de 15. Asimismo, se pueden observar 13 composiciones donde interviene el piano con otros instrumentos y 4 obras originales para cuarteto de cuerda.

Si atendemos a la música escénica es interesante ver que también el ballet fue muy apreciado por Contreras, pues escribió siete obras en este género, lo cual no es casualidad pues don Salvador tuvo estrecha relación con artistas del mundo del ballet. En la década de los años cincuenta presentó su primer ballet Provincianas, que está basado en texto del poeta mexicano Ramón López Velarde, con coreografía de Josefina Lavalle (quien nació el 29 de enero de 1929 en el Distrito Federal, fue cofundadora de la Academia de la Danza Mexicana, creada por Carlos Chávez, donde inició su vida profesional como primera bailarina, creó más de 40 coreografías, entre las que figuran La maestra rural, Informe para una academia, Danza para cinco palabras, Sueño de un domingo por la tarde en la Alameda y Corrido, entre otras).

Al mismo tiempo que Contreras creaba ballets para la Academia Mexicana de la Danza, participaba también como director de la Orquesta Sinfónica Nacional, colaborando tanto con el Ballet Nacional que dirigía Guillermina Bravo, como con el Ballet Mexicano y el Ballet Contemporáneo, ya fuera dirigiendo sus propias obras, las de otros autores mexicanos o piezas del repertorio clásico.

Además, Contreras exploró ampliamente otros conjuntos instrumentales y vocales: compuso 2 cantatas, un corrido para coros y orquesta, cuatro obras para voz y orquesta, dos para voz y guitarra, cinco para voz y conjunto instrumental, tres obras para orquesta de cámara, cinco para orquesta de cuerda, una para banda, una para conjunto instrumental, un sexteto, un quinteto de alientos, un dúo para violín y violoncello y dos obras para guitarra sola. Asimismo, compuso música para el teatro y el cine: dos obras para cada uno de los géneros escénicos mencionados.

A continuación, se enlistan en orden cronológico las obras para piano y otras donde interviene el mismo en conjunto con otros instrumentos:

 

OBRAS PARA PIANO A SOLO

            Oriental (1931)

            Pequeño Preludio (1931)

            De noche (1931)

            Dos piezas (1939)

            Tres piezas infantiles (1957)

            Ritmos para danza (1959)

            Sonatina nº. 1 (1962)

            Divertimento (1965)

            Dos piezas dodecafónicas (1966)

            Siete Preludios (1971)

            Sonatina nº. 2 (1975)

            Vals nº. 1 (1978)

            Vals nº. 2 (1979)

            Tres pequeñísimas piezas (1980)

            4 Ejercicios para niños (Sin fecha)

 

OBRAS PARA DÚOS CON PIANO

            Dos pianos

            Divertimento (1965) [Fechados en la partitura en el mes de enero de          1966]

 

            Violín y piano

                        Sonatina (1931)

                        Tríada en modos griegos (1935)

 

SEXTETOS CON PIANO

 

            Alientos y piano

                        Suite para oboe, clarinete, fagot, trompeta, corno y piano (1938)

 

VOZ Y PIANO

 

                        Melodía (1932)

                        Once canciones para niños (1934)

                        Dónde está el Dios grande (1935)

                        Corrido del baile de palacio (1941)

 

DOS VOCES Y PIANO

 

                        Cuatro canciones (1959)

                        Himno para el Colegio español de México (1968)

                        Himno para el Colegio María Ernestina Larraizar (1980)

                        No Nantzin (1977)

                        La pingüica para piano (1959)

                        El ángel para piano (1960)

                       

Características de la música para piano de Salvador Contreras

Como se ha observado, la obra de Salvador Contreras se constituye primordialmente por música orquestal la cual sin duda representa su principal medio de expresión. Sin embargo, su nutrido corpus de música de cámara, entre las que destacan sus cuatro cuartetos de cuerda y sus composiciones para piano, revela una diversidad de obras de gran factura que constituye otra puerta de entrada a su universo compositivo. A través de estos géneros Contreras trasmitió sus ideas musicales más elaboradas, con base en líneas melódicas ensambladas y enriquecidas por medio de tejidos tímbricos procedentes especialmente de los instrumentos de cuerda, tanto de la familia del violín, su instrumento principal, como del piano, su instrumento de apoyo; en este sentido Aurelio Tello (1987) menciona:

La música de cámara guarda los mismos principios que la obra para piano: lo que importa al compositor es esencialmente transmitir una idea musical, enriquecida por el juego de timbres, evidente desde piezas tempranas como la Sonatina para violín y piano hasta el Divertimento para siete instrumentos. Es el rigor con que Contreras trata sus materiales musicales y la manera como les da coherencia lo que les da valor como obras artísticas (p. 190).

Salvador Contreras fue ante todo un compositor de música instrumental, escribió preferentemente para orquesta sinfónica, pero abordó ampliamente y desde sus inicios la música de cámara. A partir de 1931, año en que debutó como compositor en el concierto de la Sociedad Musical “Renovación” y hasta 1940, Contreras compuso básicamente música de cámara. Entre la producción de esos años se encuentran: la Sonatina para violín y piano, la Sonata para violín y violoncello, los cuartetos de cuerda primero y segundo, las canciones para voz y piano, las canciones para voz y conjunto de cámara, un quinteto, la Tríada en modos griegos y la Suite para orquesta de cámara. Además, en esa época Salvador escribió obras didácticas como: Doce canciones para niños, Los cantos mágicos y la Suite indígena primitiva.

Si bien se podría afirmar que Salvador Contreras no fue un compositor “pianístico”, es decir aquel compositor que crea obras para el lucimiento virtuosístico; sin embargo, en su catálogo se pueden encontrar obras para piano de gran calidad y belleza, entre las que destacan los Siete preludios para piano escritos entre enero y julio de 1971 y sus dos Sonatinas de 1962 y 1975 respectivamente. Contreras concibe la escritura pianística más bien como un medio de expresión orquestal, ve en el piano otro medio expresivo cuya sonoridad le atrae y le da un tratamiento de orquesta, logrando obras de gran factura enriquecidas por el timbre de este maravilloso instrumento. Así, Contreras a través de la voz del piano crea atmósferas: sonoridades que envuelven al público y son capaces de transportarlo a estados de ánimo evocativos, misteriosos, poéticos y profundamente oníricos.

Los siete preludios para piano: un acercamiento al estilo de Salvador Contreras en los años setenta

Estos preludios fueron escritos en una época en que Contreras ya había abordado el impresionismo y el dodecafonismo musical, lenguajes que fueron varguardistas en los años veinte, pero se alejó de ellos. En esta etapa compositiva (1965-1982), la cuarta según Tello (1987), Contreras también había abandonado el lenguaje nacionalista y se encontraba inmerso en la consolidación de su propio estilo el cual fue el resultado de una búsqueda incesante que inició con la exploración del lenguaje nacionalista posrevolucionario en sus obras iniciales, pasando por una época de eclecticismo o hibridación estilística, un periodo expresionista, algunos coqueteos momentáneos con el dodecafonismo y finalmente, la consolidación de su lenguaje a partir de la atonalidad libre, del uso de la expansión tonal y de las mixturas tonal-modales.

De esta suerte, este corpus de obras pianísticas organizado en el esquema formal del preludio libre, revelan un lenguaje cercano al de Ravel y Debussy, así como ciertos aires de la música de Milhaud y Poulenc, Tello (1987). Están escritos con el uso del lenguaje politonal y de la mixtura tonal-modal, lo que les imprime una extraña sensación de misterio a la vez que les otorga una gran musicalidad y belleza. El resultado sonoro de estas composiciones revela una gran madurez compositiva del autor. En el plano de la dimensión general de la obra los Siete Preludios fueron concebidos como un corpus unitario conformado de siete piezas contrastantes.

Paralelamente a su creación el autor escribió un texto, el cual se encuentra al inicio de la partitura, en el que explica el procedimiento de construcción y los elementos de inspiración de cada preludio. Este proceder de Contreras es único pues no había hecho cosa igual en ninguna de sus otras composiciones. A continuación, presentamos el texto que acompaña a la partitura de los Siete preludios para piano, fechado el 7 de julio de 1971:

 

 

Presentamos la transcripción del texto que acompaña a la partitura de los Siete preludios para piano:

“Estos preludios escritos entre los meses de enero a julio de 1971 forman una unidad. Por lo que se refiere a su contenido y expresión, pertenecen para mí, a una etapa en la que, con toda sinceridad, me place reconocer en ellos una cierta influencia de los maestros del simbolismo, sin faltar, claro está, el sello de nuestra nacionalidad. Esto obedece no tanto a la influencia de que hago mención; sino a la necesidad precisa de manejar los elementos, para dar a estas piezas el ambiente emocional que reclamaban desde su gestación.

Desde el punto de vista de la originalidad, que en materia de arte es cuestión de particularidades personales, lo único que creo puede salvarlos, es que han sido escritos con la mejor buena voluntad, pensando en una orquestación futura y están dedicados a cada uno de mis hijos, nietecitas y a mi esposa.

Como todas las creaciones, tienen estos preludios aciertos y fracasos. Son en verdad una variedad de temas elaborados no a la manera científica, sino sentidos según los imperativos musicales. De ahí su importancia.

Puede considerárseles como retratos de siete personas, en las cuales no se advierte la efigie; pero que tratan de exponer el carácter y la personalidad de cada uno. Por esta razón tanto los recursos armónicos como melódicos, a veces parecen trastabillar.

He aquí el proceso que seguí para la creación de estos siete preludios-retratos: el primero está dedicado a mi hija mayor Nélida; el segundo, a mi hija Aurora; el tercero, a Isabel; el cuarto, a mi hijo Andrés; el quinto y el sexto a mis dos nietecitas de tres años Alejandra y Adriana y el séptimo y último a mi esposa Enriqueta.

México, D.F., julio de 1971”.

 

En el texto que se ha presentado se puede apreciar que cada preludio fue inspirado y dedicado a un miembro de su familia cercana como si fuera un “retrato musical” de cada uno de ellos. Justamente, como lo deseaba el maestro, estos Siete preludios los orquestó en 1973 y los rebautizó como: Retratos para orquesta sinfónica obra que, como muchas otras de su catálogo, se encuentran aún sin estrenar.

Las claves de acceso a la escritura musical y el estilo compositivo que presenta Salvador Contreras en estos preludios las encontramos en su procedimiento creativo desde la perspectiva de cuatro elementos que contribuyen a establecer la forma y su crecimiento: la sonoridad, la armonía, la melodía y el ritmo, los cuales al observar las partituras encontramos que sus interacciones dentro de las piezas ayudan a entender el procedimiento desde la sonoridad inicial, su desarrollo y el resultado global, Larue (1998).

En cuanto a la sonoridad encontramos un proceder textural acórdico mediante el cual Contreras introduce al oyente en un ambiente creado a partir de la presentación del material sonoro puesto en juego mediante secciones modulares, contrapuntos invertibles y el uso de recursos como la variación y el contraste. Dicho procedimiento de construcción, Berry (1987), coadyuva a la articulación formal de la obra y es un rasgo muy aprovechado por don Salvador Contreras.

Se presenta a continuación la partitura del primer preludio:

 

Aquí podemos observar copia de la primera página de la partitura manuscrita del Preludio nº. 1 el cual, como ya vimos, está dedicado a su hija mayor Nélida. En cuanto al elemento armónico, Contreras recurre a estructuras de alturas organizadas en acordes triadas en inversión, estructuras por cuartas y otros acordes tonales con notas añadidas. Además, recurre tanto a la poli-tonalidad como a la mixtura tonal-modal y la modulación a regiones lejanas. Sus perfiles melódicos los encontramos bien definidos en estos preludios con la particularidad del recurso de invertir los motivos y temas. El cambio de compás, el uso de pasajes monorrítmicos y la poliritmia vertical son elementos que caracterizan la textura rítmica.

Veamos ahora copia de la partitura del segundo preludio, el cual está dedicado a su hija Aurora:

 

Algunas claves de acceso a la escritura musical que se observa en el segundo preludio consisten en la presentación de un sujeto en tonalidad de sol menor con su imitación la cual finaliza en acorde con tercera picarda, así como una introducción con recapitulación de la misma. En cuanto a la textura, presenta un acompañamiento con motivo ostinato con bordadura inferior y uso del contrapunto imitativo. La armonía se constituye por el empleo de acordes de septima, otros de septima en inversión y de novena. La melodía es nítida y su color es similar al de la música impresionista.

Veamos ahora copia de la partitura del tercer preludio, el cual está dedicado a su hija, la ahora Dra. Isabel Contreras:

 

 

El tercer preludio quizá sea el más profundo y bello de los siete. Al escucharlo se descubre una atmósfera evocativa y un carácter de intimidad personal, una mezcla de tristeza, melancolía y ternura. En el aspecto constructivo y formal encontramos una economía de medios, es decir pocos elementos que, sin embargo, son tratados con rigor y maestría compositiva. En su escritura se evidencia el uso del recurso del contraste que explota el compositor para ir generando forma musical. En el aspecto armónico Contreras emplea estructuras de alturas organizadas por cuartas, así como acordes triadas tonales. En las partes de acompañamiento se emplean motivos ostinatos y bordaduras inferiores, lo cual le imprime una textura homofónica interesante. En la melodía se aprecian pasajes de color modal, sobre todo en el registro grave. La textura es en general homofónica y de bloques de acordes con breves pasajes melódicos alternados entre la voz superior e inferior. Veamos ahora copia de la partitura del cuarto preludio dedicado a su hijo Andrés:

Tanto el preludio nº. 4, que observamos en la página anterior, como los tres restantes presentan elementos similares a los que hemos descrito y que por economía de espacio del presente artículo no abordaremos aquí. No obstante, se considera que los preludios que analizados constituyen una buena muestra para adentrarse en el conocimiento del estilo y la forma presentes en este corpus de obras para piano de Salvador Contreras.

Reflexiones finales

La importancia de la figura de Salvador Contreras se descubre con el acercamiento a su biografía y a su música, en este caso particular su obra pianística. La vida de Salvador Contreras se puede resumir como la de una persona consagrada absolutamente a la música desde distintos frentes. Fue un compositor durante toda su vida, lo cual lo comprueba la considerable producción de obra artística, así como varios documentos que dejan constancia de su entrega al servicio de la creación. También ejerció la interpretación violinística como recitalista, músico de orquesta, miembro de cuarteto de cuerda y músico en la Radio. La enseñanza y la divulgación musical fueron otros frentes donde Contreras estuvo activo: fue profesor en diversas instituciones de enseñanza musical y funcionario promotor de la música de concierto en organismos públicos culturales.

Esta dedicación, creemos que la entendió Contreras como una consagración a la música. Sin embargo, también provocó que se aislara en su estudio, en su casa, en las aulas o las oficinas gubernamentales, alejándolo de los reflectores y de la escena política de su tiempo. Según el musicólogo Aurelio Tello, Salvador Contreras pudo haberse él mismo relegado del ambiente y condiciones políticas de la época debido al carácter y sencillez de su personalidad. Tal afirmación se apoya en las evidencias del proceder del maestro Contreras quien prefería sumergirse en su producción artística en lugar de rendirle pleitesía a los personajes que ostentaban el poder político-cultural.

Su actividad incluyó también trabajos en los campos de la investigación, la didáctica musical y la teoría de la música. Escribió los borradores de dos libros didácticos: Teoría Musical Práctica con Nociones de Armonía (1965) y Solfeo Práctico para Audición y Lectura a Primera Vista (1966). Asimismo, realizó adaptaciones o arreglos, música para el ballet, el teatro y el cine; amén de la labor de servicio para los hijos de las familias de obreros. Esta carrera de vida que se manifiesta en torno de Salvador Contreras lo posiciona en un plano de enorme interés musicológico para futuras investigaciones que aporten otros elementos que coadyuven a una mejor comprensión de su personalidad y del desarrollo de la música de México.

Si bien Salvador Contreras fue primordialmente un compositor de música orquestal también su música de cámara y para el piano constituyen su principal medio de expresión. El interés de Contreras no reside en crear obras para el lucimiento del intérprete, más bien el autor ve en el piano un medio a través del cual poder expresar sus ideas musicales. Por la economía de medios, la manera en que entreteje los elementos musicales, sus procedimientos mediante los cuales Contreras va presentando y desarrollando el material temático y su riqueza imaginativa que nos permite identificar el particular estilo de este corpus de obra pianística podemos afirmar que los Siete preludios para piano se encuentran entre las mejores y más hermosas obras compuestas por Contreras.

Por lo anterior, creemos que los Siete preludios para piano contribuyen a enriquecer la literatura pianística como obras de gran belleza y lirismo. Por su valor estético deberían considerarse en los planes de estudio de los conservatorios y escuelas de música de nuestro país como repertorio y material de estudio.

Salvador Contreras, el músico que en sus inicios se vio fuertemente influido por el lenguaje nacionalista posrevolucionario a través de las ideas de Carlos Chávez y Silvestre Revueltas, en esta su última etapa compositiva en la que creó los Siete preludios, se muestra como un autor sólido que supo conjugar los elementos del nacionalismo con nuevas técnicas de composición obteniendo partituras confeccionadas con rigor compositivo y con un lenguaje propio y único.

 

 

Referencias

Berry T, W. (1987). Structural Functions in Music. New York: Dover.

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Bibliografía

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Anexos

Se presentan copias de la primera página manuscrita de los preludios nº. 5, 6 y 7.