Sobre la obra pictórica de Jesús Helguera desde la perspectiva de género

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Décima Tercera Edición Abril 2013
Actualizado: Tuesday, April 1, 2014 - 11:15
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El estereotipo de la mujer sumisa

Brenda Alejandra Velázquez Escobedo[1]

 

“No se nace mujer: llega una a serlo. Ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; la civilización es quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica como femenino.”

Simone de Beauvoir[2]

 

Dentro de los estereotipos femeninos que encontramos a lo largo de la historia del género humano se encuentran varios, entre ellos, la mujer como madre, como virgen, prostituta, sumisa y rebelde, principalmente. Es por eso que siendo un tema amplio y con implicaciones religiosas, sociales y políticas, el tema del presente ensayo se dirige a la mujer sumisa, la concepción que se tenía de ella dentro de la sociedad mexicana entre los años 1940 – 1970, años en los que el pintor mexicano-español Jesús Helguera se dedicó a pintar para Cigarrera La Moderna y en cuya obra se encuentra el papel estereotipado de la mujer.

 

 

El tema se deriva al comenzar a trabajar en el proyecto de investigación “Arte y Estereotipos de Género: La figura femenina en la obra pictórica de Jesús Helguera”, en el que se pretende abordar a la mujer como objeto de representación, en una época en específico como lo es el México de los años 1940 a 1970.  El objetivo que se busca a través de esta investigación es concientizar tanto a la sociedad, como al artista actual en materia de perspectiva de género, dejando finalmente una puerta abierta hacia la reflexión de cómo el arte podría ser una herramienta de transformación social.

 

Las cuestiones que se plantean en el presente ensayo son las siguientes: ¿Qué elementos influyen en la concepción de estereotipo en la sociedad? ¿Cuáles son las características del estereotipo de la mujer sumisa? ¿Cómo este estereotipo suele ser representado en la obra de Jesús Helguera? ¿Puede ser el arte una herramienta que contribuya a la transformación social en materia de perspectiva de género?

 

Se propone en la primera parte de este ensayo revisar brevemente la concepción de sociedad y el proceso de la estereotipia, para entonces intentar definir el punto de partida del estereotipo de la mujer sumisa en la cultura mexicana y su influencia en la obra del maestro Helguera.

 

A lo largo de la historia del arte, a la mujer se le ha adjudicado el papel de objeto desde la concepción patriarcal según la época. Esta cosificación[3]oscilante del culto a la belleza ha invadido en todas las formas posibles al estilo estético de cada cultura existente, partiendo desde la subjetividad representativa de cada artista y del posible reflejo de una realidad, de una cultura que le ha atribuido una serie de roles de los que aún y con el paso del tiempo no ha sido capaz de renunciar, no se hable de la lucha por mantener un estatus de igualdad frente al hombre, sino de transmutar todo el bagaje cultural del que ha sido pieza en la sociedad.  

 

El concepto de sociedad generalizado consiste en una serie de pensamientos personales acerca del modo de ser, hablar o actuar de alguna persona o grupo en particular, pero desde un criterio muy propio en cuanto a las experiencias que ha adquirido cada individuo, lo que plantea la idea de un yo social desde el punto de vista personal[4]. El ser humano, social por naturaleza, necesita de la interacción con sus semejantes para formarse una opinión de sí mismo, lo que lo sujeta al surgimiento del ser y deber ser en base a construcciones simbólicas que se dan en los ambientes sociales en los que se desarrolla, sucumbiendo a ellos, ya sea de tipo religioso, político o ideológico que van moldeando de alguna manera la percepción que tiene de sí mismo. No hay un conocimiento del yo sin un contexto.

 

Es en el proceso mental de sociedad que se forman los estereotipos que, básicamente la Real Academia de la Lengua Española define como “imagen o idea aceptaba comúnmente por un grupo o sociedad con un carácter inmutable”. Si como antes se menciona que es basándose en la comparación con otros lo que propicia la construcción de un concepto de sí mismo, es que percibiendo lo diferente, lo que para un individuo o grupo social se sale “fuera del orden” digamos, preestablecido en ese grupo, es cuando aparecen las etiquetas, bien puede ser: intelectual, obrero, deportista, sensual, borracho, vulgar, y un sin fin más. El ser humano no es un ser aislado y por ello siente esa necesidad de pertenecer a un grupo, así que de acuerdo con sus afinidades sin darse cuenta, va adecuando su forma de vestir y actuar a un estilo determinado, enriqueciéndolo con otros factores, ya sea un tipo de música, la forma de expresarse y de personas que compartan gustos similares.  Para que un estereotipo sobreviva es necesaria la interacción entre los miembros de ese grupo, lo que va fortaleciendo el estereotipo propio.

 

Para comprender un poco más acerca de estereotipos se cita al intelectual norteamericano Walter Lippman[5], quien fue pionero en el estudio de los estereotipos a los que define como “las imágenes dentro de nuestras cabezas[6]” en su libro Public Opinion (1991), y se refiere a la serie de impresiones acerca de una persona o un grupo de personas, el cual es insertado en un pseudoambiente, la mayoría de las veces muy alejado de la realidad y de la misma fantasía, y que tendría que pasar mucho tiempo para que éste se derrumbara y pudiera conocerse por fin la verdadera personalidad de ese grupo o persona. La percepción de personas es un sistema muy complejo, no sólo se trata de percibir, sino de sacar conclusiones acerca de lo percibido. “Cuando percibimos todo lo que hay en ellas no es una representación fiel del original[7]”. Este mundo artificial se forma principalmente del aporte del observador y lo observado, es decir, del contexto social en el que se encuentra y de lo que se está habituado a ver.  Estas preconcepciones se tratan la mayoría de las veces de generalizaciones abusivas que definen algo antes de que alcance nuestro razonamiento.

 

Los estereotipos funcionan de dos maneras, la primera es como un proceso cognitivo, consecuencia normal y necesaria de la mente humana para poder manejar la gran cantidad de información que recibe del exterior y al que Lippman llamó la economía del esfuerzo mediante la cual, al no poder definir lo que percibimos y de lo que tenemos poco o nulo conocimiento, la colocamos dentro de una categoría, la más cercana que tengamos en nuestra memoria y que hemos aprendido en nuestro grupo social y nuestra cultura. El inconveniente de este proceso es que da margen a gran cantidad de errores. La segunda manera en que funcionan los estereotipos es como sistema de defensa de nuestro lugar en la sociedad: Se trata de una imagen ordenada, más o menos coherente del mundo, a la que nuestros hábitos, nuestros gustos, nuestras capacidades, nuestras comodidades y nuestras esperanzas se han adaptado a sí mismos[8]. En este sentido, es la lealtad a ese tipo de creencias lo que hace que se perciba como extraño o fuera de lugar un comportamiento que se salga del conocimiento del observador, lo que evita conflictos internos y propicia la protección de sus propios intereses o sistemas de valores ya adquiridos durante su desarrollo dentro de su cultura, así como la justificación de la conducta hacia los miembros de otros grupos. El estereotipo es una suerte de mecanismo que permite regular las relaciones entre los distintos grupos que existen dentro de una sociedad y que va perpetuándose en el tiempo a través de la aceptación y/o rechazo de sus miembros dada su naturaleza generalizante, y es esa naturaleza, la que precisamente decanta la mayoría en percepciones distorsionadas que llevan luego al abuso, al prejuicio. Ya lo menciona Gordon Allport[9] en The Nature of Prejudice (1979), en donde hace un profundo análisis en torno al prejuicio, el cual define como “una actitud aversiva u hostil hacia una persona que pertenece a un grupo, simplemente porque pertenece a ese grupo, y por lo tanto se presume que tienen las cualidades objetables atribuidas a ese grupo.”

 

De ahí que los estereotipos suelen caer en el prejuicio, campo fértil para la discriminación, que implica exponer a los miembros de determinado grupo en serias desventajas con respecto a otros.  Es importante recalcar que estereotipo y prejuicio no significan lo mismo, mientras el primero es un conjunto de creencias, el segundo es una evaluación negativa.

 

Teniendo ya un esbozo de lo que es el estereotipo, es conveniente comprender el estereotipo de género, teniendo que el concepto de hombre suele ser ligado positivamente a su papel en sociedad, un hombre es fuerte y valiente, sabio y talentoso. En cambio el concepto de mujer es mayormente negativo, en el que debe cumplir perfectamente sus obligaciones domésticas y las de la mala vida, dos estereotipos creados a la medida de la cultura dominante: la esposa casta, buena madre y trabajadora y la puta[10]

 

El género es una construcción social y no biológica[11]  ligándose directamente a los estereotipos, los cuales son modificables, ya que cada individuo, el cual se espera actúe de cierta manera o realice determinada tarea, será condicionada de acuerdo al sexo al que pertenece, es decir, mientras a los hombres tradicionalmente se les asignan roles productivos, las mujeres cumplen con el rol reproductivo. Para comprender más allá del concepto de estereotipo de género dentro del trabajo del pintor Jesús Helguera es imperativo trasladarnos un poco hacia atrás en la historia de la mujer mexicana, desde la época precolombina hasta cómo era percibida por la sociedad de mediados del siglo XX, para lo cual también se mostrarán representaciones femeninas del estereotipo sumiso adjudicado de acuerdo a la época y colocando en contexto la obra Helguera, quien las reprodujo dentro de su mundo de fantasía.

 

La mujer precolombina y en la colonia

 

La situación de la mujer precolombina[12] se encontraba en dos posiciones totalmente opuestas: como diosa y como víctima. Si bien tenían el respeto de los hombres por la admiración que le profesaban a la fertilidad, la sociedad indígena era meramente patriarcal. El papel que desempeñaba la mujer era obedecer, servir y procrear, independientemente si su condición era noble o humilde. Igual servían como cocineras y telanderas[13] y también trabajaba en las labores del campo lo que las hacía un importante elemento productivo en el desarrollo económico y cultural, éste último por transmitir las costumbres y tradiciones a través de leyendas y ritos.  Desde pequeñas eran instruidas en las actividades que, de acuerdo a su sexo, debían cumplir, tal y como lo muestra el siguiente texto sustraído del Códice Florentino[14]:

 

“[...] Hecho esto comienza luego a hacer lo que es de tu oficio, o hacer cacao, o moler el maíz, o a hilar, o a tejer; mira que aprendas muy bien cómo se hace la comida y la bebida, para que sea bien hecha; aprende muy bien a hacer la buena comida y buena bebida, que se llama comer y beber delicado para los señores, y a solos ellos se da, y por esto se llama tetónal, tlatocatlacualli tlatocáatl, que quiere decir comida y bebida delicada, que a solos los señores y generosos les conviene; y mira que con mucha diligencia y con toda curiosidad y aviso aprendas cómo se hace esta comida y bebida, que por esta vía serás honrada y amada y enriquecida, donde quiera que dios te diere la suerte de tu casamiento[15].”

 

Eran comprometidas desde pequeñas y ellas asentían sabiendo el papel que desempeñarían en el hogar. Dentro del ambiente familiar había gran respeto, el adulterio era castigado tajantemente con la lapidación[16] y además existía una especie de divorcio en la que los hijos varones se iban con el padre y las hijas con la madre, pero el valor de la mujer estaba determinado por el número de hijos que eran capaces de darles al hombre, siendo esto una confirmación a su hombría. Existía otra índole íntima que afectaba profundamente su psicología y por medio de la cual se identificaba a través de su religión con la madre naturaleza en sus tres aspectos: vida, conservación y muerte[17]. Esta posición le daba a la mujer indígena una exaltación como dadora de vida, pero también hay que recordar que en ocasiones debía entregar a sus hijos en sacrificio a sus dioses.

 

En este sentido es como se puede comprender de manera más cercana cómo es que su condición de madre la engrandecía al mismo tiempo que implicaba sacrificarse a sí misma, la madre sufriente que asumía lo que el hombre decidía.  Y esta situación se multiplicó al llegar la conquista española que trajo con ella aún mayor sumisión, pero una sumisión humillante, al ser objeto de ultrajes por parte de los españoles que las tomaban y dejaban sin más y a la impotencia de no contar con el apoyo de los antiguos señores que tuvieron que rendirse ante el poder español. La conquista implicó un resquebrajamiento cultural total en todos los aspectos, desde su religión y costumbres, así como el orgullo del hombre indígena del que sólo quedo el recuerdo en esas viejas anécdotas que alababan sus victorias y bravura.  Las mujeres comenzaron a criar a sus hijos solas y es que el nuevo hombre no pedía permiso para tomarlas y aun cuando algunos españoles se casaban, no eran vistos como un igual, lacerando con mayor fuerza la condición de ser mujer y acentuando más esa idea de la sufrida mujer mexicana que lo aguanta todo[18].

 

En la época colonial se definen los roles de género de acuerdo a su posición social.  Para la mujer aristocrática su limitada educación se encontraría en casa, mientras esperaba a casarse, o en los conventos.  Sin embargo, para la mujer humilde la educación era nula o a lo que más aspiraría a aprender sería a coser y a bordar, aunque su destino prácticamente eran las casas o haciendas como sirvienta en donde sería abusada y maltratada por los patrones. Cabe señalar que mujer rica o humilde, ambas serían instruidas en la religión cristiana, la cual sería un elemento importante que reafirmó nuevamente esa dualidad diosa – victima ahora con la Virgen María, el ideal que se traza a las mujeres cristianas a sabiendas de que ninguna podrá acceder a él en el sentido estricto[19].

 

Independencia y Revolución

 

La situación de a mujer persistió al paso del tiempo y no fue sino hasta los años 1810 – 1920 que la mujer mexicana comienza a desplegar todo el potencial que en sí misma había guardado durante tanto tiempo de vivir en las penumbras y sometida bajo el dominio patriarcal.  Fue entre la independencia y revolución en la que grandes figuras surgieron para también unirse a la defensa de su patria tales como Doña Josefa Ortíz de Domínguez y Leona Vicario quienes valientemente rompieron toda norma al sublevarse a los roles tradicionales que por su condición femenina les había impuesto la sociedad y la iglesia. La participación de la mujer por la lucha de independencia fue decisiva como primer paso hacia su propia independencia.  Después del México independiente, el ambiente que reinaba era de desigualdad y falta de oportunidades, siendo la riqueza sólo para unos cuantos, mientras que campesinos, obreros y artesanos vivían en la miseria.

 

En la Revolución, gran cantidad de mujeres participaron al tomar las armas e ir en pos de nuevas oportunidades después de una época en donde sólo tenía cabida la vida familiar, el matrimonio y la religión. En la historia tenemos a las mujeres soldado o soldaderas quienes acompañaban a sus hombres en las batallas, sirvieron de espías, enfermeras, lavanderas y con todo esto también podían criar a sus hijos y alimentar a su familia.  Las mujeres dieron hasta su vida para heredar a sus hijos una vida mejor. Es a principios del siglo XX cuando comienzan a formar organizaciones de trabajadoras ejerciendo gran labor política en contra del régimen de entonces, el de Porfirio Díaz y aunque muchas de ellas fueron perseguidas y encarceladas no se dejaron vencer tan fácilmente. Unas reconocidas, otras en el anonimato, las mujeres mexicanas no claudicaron y poco a poco fueron dándose un lugar no sólo en la historia de México, sino también en la sociedad.  Una de esas mujeres fue la educadora, escritora y pedagoga Adela Formoso de Obregón Santacilia[20], fundadora de la Universidad Femenina de México en el año 1943 y reconocida por su labor social, quien se expresa de la mujer mexicana de la siguiente manera:

 

“Se ha repetido incansablemente que la mujer mexicana se caracteriza por virtudes pasivas: la sumisión, la mansedumbre, la resignación.  Al definirla así, se cae en un error grave.  No son virtudes pasivas.  Son activas. Esa actitud silenciosa y tranquila es serenidad, lo que equivale a decir maduración espiritual, alzamiento o rebeldía de la conciencia que desdeña la pugna estéril y se reviste de fortaleza y sabe aguardar, segura de que la razón y el derecho se impondrán al cabo.  Es la rebeldía del que resiste mientras se arma.  Y el arma conquistada, al fin, por la mujer mexicana, es el reconocimiento de su señorío y de su poder moral.  Ese reconocimiento se expresa clara, indubitablemente, en la restitución de sus derechos legales a la mujer mexicana[21].”

 

El texto citado es una muestra del pensamiento de una mujer de mediados del siglo XX que luchó a favor de los derechos de las mujeres dentro de un contexto social y político que significó el parte aguas hacia un cambio ideológico radical, que indudablemente influyó en distintos ámbitos de la sociedad, sin excluir el campo de las artes al que el escritor y político José Vasconcelos, al frente de Secretaría de Educación Pública, “consiguió” atraer a varios artistas mexicanos que se encontraban fuera del país y promovió el muralismo con fines educativos como una manera de difundir la ideología revolucionaria, algo que no podía lograrse con el típico lienzo pequeño.  Helguera fue gran admirador del muralismo mexicano y el regreso a la patria que lo vio nacer produjo en él un impacto al encontrarse con una etapa de gran desarrollo para el país, en especial con un sentimiento nacionalista del que fue partícipe con sus obras que primero tuvieron mayor reconocimiento en el extranjero, para finalmente ser valorado en México.  Y todo se debió al estricto destino comercial durante su trabajo como ilustrador en Cigarrera La Moderna, pero eso no le quitó ni el talento ni la técnica con la que elaboraba su obra. A continuación se analizarán tres de sus lienzos en los que reproduce a la perfección el estereotipo de la mujer sumisa a través de los periodos que se han revisado anteriormente.

 

Jesús Helguera imprime en su obra La fundación de México Tenochtitlán, una gama de colores cálidos, predominando los tonos ocres, tal vez aludiendo de cierta manera la manifestación de Huitzilopochtli, deidad azteca que estaba relacionada con el sol y quien, según el mito, dijo a los aztecas que en el lugar donde vieran un águila devorando a una serpiente sobre un nopal sería edificado su nuevo hogar. Los tonos amarillos contrastan con el azul del cielo. La pincelada es suelta, pero firme, lo que da mayor realismo y solidez a los personajes.  La textura es lisa y brillante pudiéndose observar en toda la estructura compositiva de la obra, la cual es abierta y cuya perspectiva está determinada por el color. Se destaca en primer plano a la pareja con el bebé en brazos, figuras que ejercen un peso visual importante en la pintura y que remite a la importancia que a lo largo de la historia ha tenido en la sociedad mexicana una familia unida, integrada por el hombre protector y proveedor, y la esposa noble y obediente.  En un segundo plano se puede observar a un grupo de aztecas que observan fijamente el vuelo del águila en una escena que carece de movimiento, reinando una apacible calma como si ese importante momento se hubiera congelado en la memoria de quienes lo observan. La luz que se encuentra en el cuadro es natural y su fuente pareciera que proviene del lugar donde ha aparecido el águila, cuyo significado en las diferentes culturas alude a lo celeste y a lo solar. En la composición el águila aparece a lo lejos y contrario a lo que pudiera parecer, es lo que le da gran importancia a la escena. Las formas de expresión son realistas, estilo muy propio del maestro Helguera, quien plasmó a través de sus obras una anatomía perfecta, observándose en los cuerpos musculosos de las figuras masculinas. El ropaje es variado e identificable para la escena a la cual se interpreta, incluso se puede observar a dos guerreros representantes de dos de las órdenes más importantes del ejército azteca: caballeros águila y caballeros jaguar, identificándose la relación simbólica de las fuerzas celestes con las fuerzas terrestres. Más allá del tema del cual es objeto dicho lienzo podemos ver la actitud altiva y dominante del hombre al lado de la actitud pasiva de la mujer que cumple con su papel de madre arropando al bebé en su regazo mientras observan a lo lejos al águila.   

 

Fundación de México Tenochtitlán[22]

 

En la siguiente pintura se puede apreciar la intensidad de las pinceladas que definen el contorno de los elementos que conforman la escena.  La textura es burda en la cruz, con un cielo liso y sombrío, mientras que el tratamiento en la tela de las ropas de la mujer le otorga el característico estilo realista del autor.  La luz que se encuentra en el cuadro es natural y da una sensación de profunda melancolía, es una luz de ocaso en tonos violáceos que parece inundarlo todo; en el violeta predomina el rojo, un color que alude a la fuerza, a la sangre, representando de alguna manera el despojo que sufrieron nuestros antepasados tras la conquista, siendo despojados con violencia de su cultura y costumbres que se van apagando a medida que el sol se va ocultando para imponer un nuevo dios.  La estructura compositiva del cuadro es cerrada de acuerdo a la forma piramidal de un primer plano en el que se identifica la cruz, símbolo del intermediario entre lo terrenal y celestial en la religión cristiana. Recargada sobre la cruz aparece la mujer indígena, cuya expresión parece suplicante ante el dolor de perder no sólo sus raíces, sino también su dignidad ante el abuso perpetrado por los conquistadores. Por la posición en la que se encuentra, da la impresión de que ella misma está siendo crucificada por ese dios español que le fue impuesto, lo que le adhiere gran dramatismo a la obra.  La relación pasado, presente y futuro aparecen en la composición de una forma clara y sólida.  Existe una aparente calma y la escena parece estática, pero los colores, la expresión de la mujer, las ruinas desperdigadas a sus pies, hablan de un movimiento interno, un grito reprimido y desesperado.

 

Yalalteca[23]

 

En el siguiente trabajo del maestro Helguera se despliega gran cantidad de iconografía mexicana desde el rebozo, las jícaras, la vestimenta y un altar dedicado a la Virgen de Guadalupe.  De suaves pinceladas, la textura de cada elemento de la composición ha sido tratado con una técnica cuidada y definida.  La luz es natural y puede apreciarse cómo viene del exterior iluminando principalmente a la mujer, quien sonríe tal vez por recibir del hombre ese hermoso rebozo. Los colores utilizados contrastan entre sí predominando los fríos muros en gris que parecieran volverse cálidos con la presencia de los personajes. La estructura compositiva de la pintura es cerrada aunque la puerta y ventanas abiertas le confieren una atmósfera apacible con los tonos verdes del campo en el exterior.  En primer plano se encuentra la mujer cuya expresión es de sorpresa de acuerdo a la posición de sus brazos, de finos rasgos que exaltan su belleza y su femineidad, pero sobre todo la felicidad que la invade en el momento.  El fogón en el que calienta las tortillas indica que se encontraba preparando la comida, esperando la llegada de su esposo quien le trajo como regalo un rebozo mientras el pequeño observa a su padre, que luce contento, por su vestimenta se infiere que es campesino, aunque el tono idealista en el que maneja Helguera sus obras no le hace ver como tal, pues su rostro es bello y delicado, distaría mucho de lo que es un hombre de campo al cual su piel parece curtida por el sol, caso contrario al hombre aquí representado.  El altar ocupa un sitio importante dentro de la composición pictórica, situándose justamente en la esquina superior derecha, dedicado a la Virgen de Guadalupe, advocación mariana de la iglesia católica entrañablemente querida y respetada por la mayoría de los mexicanos.  En la pintura existe un ambiente de total felicidad, un sueño en el que el campesino parece conformarse o parece olvidar por un momento la difícil situación que imperaba en el país y la mujer, que ocupa el lugar del hogar, cuidando de su hijo, atendiendo mansa y felizmente a su marido.  Un cuadro enternecedor sin duda alguna, que idealiza el concepto de familia, de cómo debe ser una familia.

 

 

El Rebozo

 

La intención de analizar algunas de las obras de Helguera fue demostrar que al tiempo en que un artista plasma en su obra a la mujer lo hace desde su perspectiva ya sea cultural, psicológica, y desde los elementos formales y de comunicación que conforman sus enunciados visuales. Nuestro caso de estudio, el estereotipo de las mujeres sumisas en el arte, han sido representadas a través del tiempo como un producto de ideas de una realidad que en su mayoría es meramente masculina y, en el caso de estudio de la obra del maestro Jesús Helguera, una realidad distorsionada, en la que la mujer parece conformarse con el rol que le ha sido conferido en la sociedad desde antaño. 

 

Resulta curioso que en una época como lo fue México entre los años 1940 – 1970 y habiendo una lucha constante por parte de las mujeres para ser reconocidas en  todos los ámbitos, los cromos hechos por Helguera para Cigarrera La Moderna hayan penetrado con gran aceptación en los hogares mexicanos.  Pareciera que en el afán por reconstruir su doloroso pasado lo haya tapizado de imágenes irónicas en las que niega aquella impotencia de ver a su pueblo vencido, a sus mujeres ultrajadas y a sus hijos herederos de un futuro incierto mientras sus rostros sonríen, conformes con sus circunstancias.  La mujer feliz y orgullosa de su posición, mostrada más como un objeto decorativo que como un sujeto pensante y tan capaz como el hombre nos insta a reflexionar hasta dónde se le tiene permitido al artista reproducir material en el que de una u otra manera se reduce a la mujer.  Ya no se hable de aquella época, háblese del presente en el que el arte está más disponible que nunca gracias a las nuevas tecnologías y medios masivos.  Es cierto que hablando desde perspectiva de género ha habido muchos avances, pero los medios siguen bombardeando con imágenes machistas a una sociedad que aunque diferente a otras épocas y con generaciones con mayor apertura ideológica siguen viendo como “normal” el papel de la mujer sumisa y abnegada.

 

Actualmente existen más oportunidades y se ha llegado a cierto nivel de equidad incluso en el plano laboral, pero ahora nos encontramos con que paralelamente a su trabajo también deben de cumplir como amas de casa, como madres y como esposas.  No se pretende generalizar, porque evidentemente en cada región del país existen diferentes costumbres, pero aún falta por hacer.  Hoy día existen herramientas de las cuales se puede valer la sociedad para una transmutación en cuanto a perspectiva de género, están los medios y está el arte como medios de acción social, pero también cabe sugerir tanto al artista como al observador convertirse en partícipes de esta transmutación y entonces permitir la apertura a otras cuestiones por explorar, entre ellas, si realmente existen justificaciones en la intención del artista detrás de la objetualización del cuerpo femenino.

 

 

Bibliografía

 

ARNHEIM, Rudolph.  “Arte y percepción visual”.  Ed. Alianza Forma. España. 1997.

ALFIE, Miriam:  “Identidad Femenina y Religión”. Universidad Autónoma Metropolitana. México. 1992.

BONIFAZ DE NOVELO, María Eugenia.  Talleres de Litoarte.  Universidad de Virginia. México. 1978

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FERNÁNDEZ PONCELA, Anna.  “Estereotipos y roles de género en el refranero popular.  Charlatanas, mentirosas, malvadas y peligrosas. Proveedores, maltratadores, machos y cornudos”.  Ed. Anthropos. Barcelona, 2002. pp. 14.

FORMOSO DE OBREGÓN, Adela.  “¿Ha nacido una nueva mujer mexicana?. México, D.F. 1962.

HELLER, Eva. “Psicología del color”.  Editorial Gustavo Gili. Barcelona. 2008.

HOYO SIERRA, Isabel: “Introducción a la Psicosociología del Derecho”. Editorial Dyckinson. Madrid, 2004.

LIPPMAN, Walter: “Public Opinion”. Transaction Publishers. New Brunswick, New Jersey. 1991.

SERRANO BARQUÍN, Héctor.  “Imagen y representación de las mujeres en la plástica mexicana: Una aproximación a su presencia en las artes visuales y populares de 1880 a 1980”. Universidad Autónoma del Estado de México. México. 2005.

 

[1] Licenciada en Diseño Gráfico.  Estudiante de la Maestría en Artes de la Universidad de Guanajuato.  Línea de investigación: Artes Visuales.  Programa:  Lenguajes contemporáneos de la Artes Visuales.

[2]  Escritora, filósofa y feminista francesa (1908 – 1986).  Escribió sobre temas políticos, sociales y filosóficos, una de sus obras feministas más importantes fue “El segundo sexo”.

[3] Según el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua se refiere a la acción de reducir a la condición de cosa aquello que no lo es.  Por lo cual dentro del contexto en el que se desarrolla el ensayo es a la mujer a la que se le ha dado el estatus de objeto.

[4] Para ampliar el tema del concepto de sociedad, consúltese SERRANO BARQUÍN, Héctor.  “Imagen y representación de las mujeres en la plástica mexicana: Una aproximación a su presencia en las artes visuales y populares de 1880 a 1980”. Universidad Autónoma del Estado de México. México. 2005. pp. 29.

[5] Periodista, comentarista político, crítico de medios y filósofo. Una parte de su trabajo consistió en el estudio de la estereotipia, es a él a quien se le adjudica el haber acuñado el concepto de estereotipo, aplicado en especial al rubro periodístico, que tiende a generalizar conductas o ideas, siendo conveniente para los medios tener ese poder de distraer al público más en aparentes cuestiones sociales que en promover el juicio crítico y objetivo.

[6] LIPPMAN, Walter: “Public Opinion”. Transaction Publishers. New Brunswick, New Jersey. 1991. pp. 3.

[7] HOYO SIERRA, Isabel: “Introducción a la Psicosociología del Derecho”. Editorial Dyckinson. Madrid, 2004. pp. 83.

[8] Ibid, pp. 95.

[9] Psicólogo estadounidense (1897 – 1967) que enfocó sus estudios en las teorías de la personalidad especializándose en el adulto tal cual, casi eximiéndolo de las experiencias y emociones infantiles.  Entre su obra se encuentra The Nature of Prejudice, donde hace importantes contribuciones al análisis del prejucio, tema de consulta para el presente ensayo.

[10] FERNÁNDEZ PONCELA, Anna.  “Estereotipos y roles de género en el refranero popular.  Charlatanas, mentirosas, malvadas y peligrosas. Proveedores, maltratadores, machos y cornudos”.  Ed. Anthropos. Barcelona, 2002. pp. 14.

[11] Conclusión a la que llegó Robert Stoller en su libro Sexo y Género, quien estudiaba los trastornos de identidad sexual, descubriendo que el género tiene una serie de implicaciones psicológicas y culturales más que biológicas, lo que determina lo masculino y lo femenino no así el sexo biológico, es decir ser hombre o mujer.

[12] Se aclara que para efectos del presente ensayo se toma la situación de la mujer precolombina dentro de la cultura azteca.

[13] Se refiere a la mujer que trabaja el telar, máquina artesanal hecha de madera para tejer. Hoy día existen telares artesanales e industriales de madera o metal.

[14] Compendio enciclopédico elaborado durante cuarenta años aproximadamente por Fray Bernardino de Sahagún, eclesiástico e historiador español (1499 – 1590) en lengua náhuatl y parafraseado por él en español como Historia general de las cosas de la Nueva España, en la que con ayuda de informantes indígenas ofrece un cúmulo de datos importantes acerca de la historiografía mexicana.

[15] “El lenguaje y afectos que los señores usaban hablando y doctrinando a sus hijas cuando ya habían llegado a los años de discreción: exhortanlas a toda disciplina y honestidad interior y exterior y a la consideración de su nobleza para que ninguna cosa hagan por donde afrenten a su linaje, hablanlas con muy tiernas palabras y en cosas muy particulares.”(Lib. VI, Cap. XVIII) DE SAHAGÚN, Fray Bernardino. “El México Antiguo: Selección y reordenación de la "Historia general de las cosas de Nueva España" de Fray Bernardino de Sahagún y de los informantes indígenas ”. Editor: Martínez, José Luis. Fundacion Biblioteca Ayacuch. Venezuela. 1981.

[16] Entiéndase lapidación como la práctica antigua de ejecutar al acusado lanzándole piedras hasta matarlo de manera lenta y dolorosa.  En la actualidad se sigue realizando en algunos países de Oriente, en donde se suele enterrar al preso hasta el cuello o atado mientras las personas presentes le tiran las piedras.

[17] BONIFAZ DE NOVELO, María Eugenia.  Talleres de Litoarte.  Universidad de Virginia. México. 1978

[18] Para mayor información acerca de la historia de la mujer mexicana consúltese: BONIFAZ DE NOVELO, María Eugenia.  Talleres de Litoarte.  Universidad de Virginia. México. 1978.

[19] ALFIE, Miriam:  “Identidad Femenina y Religión”. Universidad Autónoma Metropolitana. México. 1992.

[20] Nació en México, D.F., en 1905.  Escritora, educadora y pedagoga.  Fundó junto con el Mtro. Luis G. Solana, la primera orquesta femenina.  Fundó la Universidad Femenina de México y la Universidad Femenina de Guadalajara.  Escritora, quien fue merecedora de la designación de Dama de América.

[21] FORMOSO DE OBREGÓN, Adela.  “¿Ha nacido una nueva mujer mexicana?. México, D.F. 1962.

[22] HELGUERA, Jesús:  “Fundación de México Tenochtitlán.”  Imagen disponible en internet: <http://www.cavilacionesydesvarios.com/?p=422 >.

[23]HELGUERA, Jesús. “Yalalteca.” Imagen disponible en internet: <http://figuramex.foroactivo.com/t152-la-cruz-maya-avances